Los símbolos navideños, descifrados
La navidad, desde sus orígenes, es un acto sumamente político. Desconocemos la fecha histórica del nacimiento de Jesús, pero sabemos que se fijó oficialmente el 25 de diciembre porque tal era el día en que el Imperio Romano festejaba al Sol Invictus o la “victoria” del dios Sol sobre la noche durante el solsticio de invierno. La navidad surgió, pues, como estrategia política para lograr que los romanos adoraran al oportunamente llamado Christo Sole y así hacerse de su poder imperial.
Eventualmente surgieron símbolos alrededor de la navidad que fueron formando una tradición, incluso integrando rituales no previstos originalmente, como la entrega de regalos. Estos símbolos son tan políticos como la navidad misma, pues en todo símbolo que una cultura crea o se apropia están implícitas las condiciones históricas, económicas, sociales o ideológicas de dicha cultura.
El ejemplo más claro en el mundo contemporáneo es el de Santa Claus, la versión happy del capitalismo. Según el mito, Santa vive a sus anchas en el Polo Norte, donde explota todo el año a unos felices duendecillos enajenados con su trabajo para que fabriquen la mercancía transnacional que repartirá surcando el cielo por todo el mundo.
Santa, cualquiera lo sabe, es el símbolo de la explotación de los “enanos” países sub-desarrollados por parte de la globalización económica del gordo y viejo capitalismo. Y en Santa, claro, todo es risa y felicidad.
Nótese la enorme resistencia en ciertos países no anglosajones ante este símbolo, descalificado por usurpador “yanqui” de las tradiciones autóctonas. En España, por ejemplo, hay una fuerte ola anti-Santa que se muestra a favor de los Reyes Magos, un mito más propio, se argumenta, a la tradición española.
Pero los Reyes Magos son, también, un símbolo profundamente político. ¿Quiénes son, según la tradición, los Reyes Magos? Unos sabios paganos que decidieron adorar al recién nacido mesías. Por eso el fuerte vínculo, desde la era colonialista, con la tradición española. Los Reyes Magos representan, pues, a las diversas colonias paganas que se convierten al culto cristiano y el niño Jesús, por su parte, simboliza la España católica que recibe las riquezas del Nuevo Mundo.
Decidirse por el Santa Claus del 25 de diciembre o los Reyes Magos del 6 de enero es revelador: Dime cuándo entregas los regalos navideños y te diré qué intereses geopolíticos defiendes.
Por otro lado, el Niño Dios que entrega regalos tras su nacimiento representa el ala más purista de la tradición. Tanto los Reyes Magos como Santa fueron creados precisamente para instaurar (pues no existía) y justificar el ritual navideño de la entrega de regalos. El Niño Dios, en cambio, ha servido como un intento a posteriori de reinsertar forzadamente, así sea entregando regalos, a la figura del Jesús recién nacido en una tradición que lo había excluido (el protestantismo alemán, por ejemplo, lo impuso con vehemencia frente al popular Kris Kringle, nombre alemán de Santa Claus). Por ende, el símbolo del Niño Dios reproduce la creencia de que hay un sentido puro de la navidad, apolítico, inocente.
Pero la navidad, en tanto proceso histórico, está lejos de ser pura, apolítica. Es más bien un claro ejemplo de la invención y reconstrucción histórica de una tradición que, según la época, oculta tras de sí distintas motivaciones culturales.
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