La ironía vs. lo otro

La revista Espiral publicó un texto mío donde analizo una de las muchas facetas de la ironía. La ironía es muy resbaladiza como concepto, y ahí está precisamente su atractivo. Tiene tantos rostros y representaciones y tan heterogéneos que pareciera imposible hablar de una teoría de la ironía. Pero ya que son muchas, entonces comencemos a descubrirlas una por una, ¿no? Va una, pues:
La ironía vs. lo otro
Una reflexión teórica

Por Alfredo González Reynoso

Hay dos posturas teóricas respecto a la ironía: Una con cierto tono de apología, que toma en cuenta sus cualidades, considerándola un fingimiento de ignorancia para desenmascarar falsas verdades (Sócrates), una “negatividad infinita absoluta” implícita en toda afirmación (Kierkegaard), una subversión carnavalezca del poder (Bajtín), una expresión característica de la transición cultural (Lauro Zavala), etc.

La otra postura teórica tiene una mirada más desconfiada, menos condescendiente, argumentando que la ironía es un momento histórico donde ningún contenido es tomado en serio por un yo concebido como absoluto (Hegel), que es el fundamento mismo del orden autoritario en el mundo contemporáneo (Žižek) o que en la forma misma de su decir está implícita la forma de la obediencia histórica (Heriberto Yépez).

Ahora, ¿cómo entender entonces a la ironía? Empecemos por esto: la ironía tiene una especial relación con lo otro. Etimológicamente significa “disimulo” (del griego eironeia), pero su raíz primera es “yo pregunto” (de eromai). La ironía, sin embargo, disimula y pregunta frente a otro, en diálogo. La ironía es una forma de relacionarse con lo otro.

Lo otro, en el díalogo, toma la forma de un interlocutor. El interlocutor es aquella figura en el diálogo que puede intervenir en el sentido de lo que se dice, es un aportador más de sentidos. Pero la ironía es la cancelación de esta capacidad significante del interlocutor. Lo explico:

La ironía es una dialéctica entre lo que está manifiesto (el sentido literal) y lo que está oculto (el sentido subyacente, irónico). El irónico necesita de aquel que pueda ver este sentido oculto, necesita de aquel que llamaremos el criptórico, neologismo que significa “aquel que ve lo oculto” —del griego kryptos (“oculto”) y orao (“ver”). Sin el criptórico, la ironía no existe como tal.

Pero la ironía hace aparecer al criptórico (ofreciendo un sentido oculto que ver) para neutralizar al interlocutor como creador de sentidos en el diálogo. Por ejemplo, dice Sócrates en los Diálogos platónicos a su interlocutor: “Yo tengo conciencia de que no soy sabio, ni poco ni mucho. ¿Qué es lo que realmente dice al afirmar que soy un sabio? Sin duda no miente, no le es lícito”. Sócrates vio una mentira en su interlocutor pero la afirma como verdad (“no le es lícito” mentir).

El interlocutor ve el sentido oculto (“me dice mentiroso”) y se convierte en criptórico. Y en este juego irónico, el criptórico, que antes afirmó a Sócrates como sabio, no puede aquí intervenir diciendo: “no soy mentiroso”, puesto que es lo que Sócrates mismo afirmó (“Sin duda no miente”). La capacidad de significar en el diálogo del interlocutor (de lo otro) queda neutralizada cuando la ironía hace aparecer al criptórico. La ironía es aquel mecanismo donde la otredad se cancela como aportadora de sentidos, y sólo desapareciendo la ironía (por ejemplo, con un Sócrates que revele la mentira sin afirmarla como verdad) puede reinsertarse lo otro en el diálogo.

La ironía no habla como ese martillazo nietzscheano: claro, conciso, diáfano, que diagnostica y sentencia; y al atacar, oculta, disimula no atacar. La ironía es el ataque a un sistema de valores caduco, sí, pero en su ocultar desactiva la capacidad de crear junto con lo otro un nuevo orden en las relaciones interpersonales.

La sátira, en cambio, sí es la oposición creadora que se relaciona con lo otro ya caduco. Pero eso ya es otra cosa que quizá explicaré en otra ocasión.