El fin del MacGuffin


Hitchcock estaba equivocado; en el cine, todo significa, todo aporta sentido. La supuesta nimiedad del MacGuffin es resultado de la frustración hermenéutica, del tropiezo de un sentido teleológico.
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La defensa del MacGuffin como tal —insignificante, carente de importancia en sí mismo, reemplazable, simple pretexto de la trama (única e insustituible)— es la postura fácil del espectador pasivo, flojo o que deserta al primer tropiezo interpretativo. El MacGuffin es un pretexto, sí; pero un pretexto interpretativo, un reto al espectador crítico, agudo.
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El problema del MacGuffin hitchcockiano —el MacGuf-fin como elemento baladí limitado a su transitoria función— es que estropea la supuesta completud del filme, del cine como rompecabezas semántico hermético. El MacGuffin, pues, es la pieza que desencaja y que sólo sirve para dar con otra, con la Correcta.
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Además, cabe mencionar que la naturaleza intercambiable del MacGuffin hitchcockiano surge de la idea (hipostásica) del cine como la expresión de un mensaje único codificado en imagen-sonido que permea todas las escenas que lo conforman. La tiranía del Sentido Mayor del filme vuelve, por lo tanto, al MacGuffin un elemento incidental frente al mensaje central, trascendente. Si no aporta nada a la construcción de la infraestructura de este Sentido Mayor, se piensa, es sustituible, trivial, un intrascendente accidente de la escencia.
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En cambio, el MacGuffin como reto crítico —el MacGuff-in(terpretable)— demanda una semantización intempestiva, desestructural, aforística, autosuficiente, desligada de teleologías hermenéuticas.
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Pensemos, pues, en este MacGuffin, desconstrucción del predecesor. Pensémoslo y pronto notaremos cómo se desvanece. Cuando todo significa en un filme, el MacGuffin como elemento insignificante en sí mismo, paradójicamente, pierde sentido. Al desaparecer el concepto hitchcockiano, sus desconstrucciones se esfuman también. La pansemantización cinematográfica conlleva irrevocablemente —sorry Alfie— al fin del MacGuffin.
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*Si no pasa nada que lo evite, este texto —tal vez un poco más amplio— aparecerá en mi columna cinematográfica "Primer Plano" de la revista literaria "Bosque Madura" (enero-marzo 2009).

Andy Kaufman duchampeando el comediar

Tj, SD y el Otro Lado

“San Diego faces west, looks resolutely out to sea.
Tijuana stares north, as toward the future. [...]
Taken together as one, Tijuana and San Diego
form the most fascinating new city in the world,
a city of world-class irony.”

— Richard Rodríguez, “Days of obligation. An argument with my mexican father”

Tijuana se aplasta a La Línea como un hambriento en una vitrina de pasteles. Sólo hay que ver un mapita para comprobarlo. San Diego toma su distancia como ignorándolo —sólo por interés económico manda a su ciudad-hermana menor San Ysidro con sus “shoping malls”. El que quiera San Diego, que le cueste.

Tijuana quiere San Diego, y en buena medida la tiene. La tiene en posesión simbólica: lingüística. Cuando Tijuana dice “Otro Lado”, la tiene. La tiene por implicación semántica, ya que un “Otro Lado” implica un “Este Lado”: dos lados de una misma unidad, y así la tiene. La tiene simbólica, lingüísticamente, y le cuesta, sí, pero le cuesta saberse en separación.

Un letrero al “Otro Lado” dice: “US Navy: The cure for separation ansiety”. Y lo dice porque también a los norteamericanos les cuesta la separación. Pero su separación es más respecto a la “familia”, a la “casa”, home, sweet home. Una separación del útero materno. Y en parte el norteamericano cree estar separado, pero está psicológicamente unido. Sólo hay que escucharlos hablar: we’re going home, diría seguramente un soldado norteamericano regresando de la guerra —incluso de la misma US Navy—, o: it’s good to be back home, diría al llegar. No son vagas suposiciones hipotéticas. Sus películas, su televisión, todo está lleno de este tipo de declaraciones.

Tijuana, unida pero separada. San Diego, separada pero unida.

Rió Tijuana Remastered

De cómo visualizar al Rió Tijuana más allá de Jorge Ramos, aquí.